Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México

 

Jean Meyer, Yo, el francés. La intervención en primera persona.
Biografía y crónica
, México, Tusquets, 2002, 467 p.

Patricia Escandón
Centro Coordinador y Difusor de Estudios Latinoamericanos, UNAM


Un libro de historia gratamente desconcertante. Desde luego, no la historia que refiere, sino el libro en sí; en cualquier caso, es un logrado producto de investigación, pero, sobre todo, de reflexión y de creatividad, altamente original y humano.

Yo, el francés... es una colección de "vidas breves", las de la oficialidad francesa de la guerra de intervención (1862-1867) en México. Como en desfile, marchan por sus páginas subtenientes, tenientes, capitanes, brigadieres, generales de división, y uno que otro almirante... en un patrón casi continuo, que tiene por antecedentes los servicios en Argelia, Crimea e Italia, antes del punto nodal, México, y que luego de él seguirá inexorablemente rumbo a Metz (1870), despeñadero del imperio napoleónico. Para decirlo de manera llana, el contenido es de fichas, fichas sí, que consignan nacimientos, estudios, altas en los regimientos, "citaciones" por desempeño distinguido, condecoraciones, promociones, regresos a Francia, matrimonios y también licencias, jubilaciones, muertes en acción, en los hospitales o en el lecho doméstico. Fichas biográficas (784 para ser precisos) que, puestas sobre la mesa, le suscitan a Jean Meyer la pregunta-problema de trabajo: "¿cómo restituir toda la generosidad de la vida extrañamente conservada en una institución dos veces burocrática, dos veces institucionalizada como el Servicio Histórico de los Ejércitos...?" (p. 269).

Este problema de "concepción y escritura" lo resuelve Meyer con dosis equivalentes de maestría y de desenfado, entreverando sus biografías con notas, cavilaciones personales, diálogos, conversaciones entre el sujeto, el autor-historiador omnisciente y el potencial lector (o la lectora que prefiere Meyer). Y todo porque, medio en serio, medio en broma, Jean Meyer le hace guiños de complicidad a las ideas de John Gould:

La historia de una nación no está en los parlamentos ni en los campos de batalla, sino en lo que las gentes se dicen en días de fiesta y de trabajo, y en cómo cultivan, se pelean y van en peregrinación [...] lo más valioso son los chismes: cosas que las gentes decían unas de otras por la espalda [...] cotilleo malicioso, perverso y malicioso. Desprecio, celos, lascivia y bilis de gente madura. (Joseph Mitchell, El secreto de John Gould.) [Meyer, nota 40, p. 386.]. [ 1 ]

Como este libro es "biografía y crónica", y también testimonio, lo que de algún modo es historia viva, van allí mismo trenzadas las confesiones autobiográficas de JM: yo también soy de Alsacia y también vine aquí y me aclimaté y me asimilé, y soy franco-mexicano. De ahí quizá el título, Yo, el francés. La intervención en primera persona, un juego de palabras que enlaza e identifica a los "informantes" de 1862-1867 con su "logógrafo, su escribano" del año 2000.

En cuanto a la parte formal, el texto está articulado en tres partes:

I. Las "vidas breves" conforman una versión de la guerra, en un día a día, o en etapas secuenciales o alternadas de acontecimientos y de vacíos; ahí están los hechos importantes de la colectividad y los sucesos del microcosmos, la cotidianidad y los procesos más largos. En técnica narrativa polifónica, a veces exponen los protagonistas, a veces habla el historiador y a veces intervienen otras voces solas y otros coros. Como es obvio, este patchwork, visto en su conjunto, nos entrega otra historia, la de "primera persona", fresca, subjetiva y felizmente equidistante de las oficiales (tan contaminadas por los intereses políticos) y de las académicas "puras" (tan contaminadas por los intereses teóricos y por las abstracciones).

No sé a otros lectores, pero a mí me sorprende la perspicacia frente a lo inmediato y la intuición histórica del soldado francés. No las del mariscal Bazaine ni las del Estado Mayor ni las del divisionario X, sino las del modesto subteniente que no se deja engañar por la retórica imperial o por el sentimiento nacionalista: él sabe a ciencia cierta que esa guerra de intervención es fruto de quiméricos sueños de grandeza, y que no va a nada. Así se interroga: "¿qué hacemos aquí? [...] ¡estamos en una galera!" Los descontentos, los resignados, los adaptados de uniforme cumplen con su deber, están y guerrean en México, un país que, en general, les gusta; con gente que, en general, no les gusta. Meyer lo confirma en su monólogo: "Tú, autor, valoras mejor que nadie la dificultad de la situación de esos hombres y su incapacidad, la imposibilidad suya para resolverla." (p. 264.)

II. La segunda parte -no menos estimulante que la primera- es una sección de anotaciones que lleva por título: "Comentarios, bifurcaciones y brocados". En algo que recuerda a la técnica de los mapas mentales, se incluyen aquí cuestiones periféricas, "contextos, anécdotas", ramificaciones que se desprenden, como manzanas maduras, del texto principal y que exploran otras líneas. En realidad es una especie de gran aparato crítico complementario, revestido de los brillantes colores de la imaginación: "que [el lector-lectora] saque sus propias conclusiones, que prolongue su impresión de conjunto hurgando entre los comentarios y excursiones, pláticas y bifurcaciones" (p. 266). Sobre todo, hay aquí mucha literatura no histórica, novela, crónica, ensayo y poesía, así como pasajes de un ruso (Andrei Bitov), de un longevo alemán (Ernst Jünger), de un norteamericano (el ya citado Joseph Mitchell -articulista del New Yorker-), del checo Milan Kundera y, por no dejar, hasta fugaces entradas en escena de Alfonso Reyes y de don Manuel Antonio Carreño con su Manual de urbanidad y buenas maneras. Y, además, flotan por ahí las sutiles presencias de Paul Valéry y de Herodoto y -mucho más corpórea- la de Luis González y González, el de San José de Gracia.

III. Sí, claro; no podía faltar el reconocimiento y la concesión a la academia: el apartado "Dicen que la historia es científica" va con sus cuadros de rigor, sus gráficas y sus ponderaciones, para generalizar con fundamento, para satisfacer a los muy ortodoxos, que esperan ver el armazón de los "datos fuertes [.] para ofrecer una idea de las dimensiones del proceso histórico del que da cuenta este volumen" (p. 11). Más adelante Meyer sonríe y acepta: "[El lector] Verá que respetas las reglas prescritas por la moral de la profesión, que eres un profesional, entendiendo por esto que tu profesión te da de comer, que por lo tanto perteneces a un gremio que tiene sus rituales, su jerarquía, su academia, su pequeño terrorismo interno" (p. 266).

A propósito de esto, cabe preguntar: ¿quién percibe realmente o se distrae en la contemplación de la "obra negra", las tuberías y los cables de esta construcción de Jean Meyer? Me refiero, por supuesto, a la ardua labor heurística: a la compilación de "todos los datos biográficos posibles sobre el mayor número de casos", en nueve meses a razón de cuatro días por semana, de 9 a 5, lo que dan 1944 horas efectivas de trabajo, de resguardo de información en la cabeza, en el papel y en las bases de datos de una computadora. Y los dos años cuatro meses transcurridos desde la primera visita a Vincennes, los archivos militares, hasta el término de la escritura. Tras estas bambalinas, no cuantificados pero presentes, están igualmente los viajes, las excursiones por México y por Francia y las entrevistas personales, con expertos y entendidos y con gente común, como doña Juanita, la que no sabe su edad.

Yo digo que todo esto casi no se advierte, o por lo menos no pesa, porque el autor no es de esos resentidos eruditos que, en textos pletóricos de jerga científica, hacen que el lector les pague con usura el mortal aburrimiento que entraña juntar pedacería de datos y de teoría. Este autor -huelga decirlo porque todo mundo conoce a Jean Meyer- es experimentado, sabe mucho y ha trabajado duro, pero también se ha divertido a lo grande y comparte su diversión con quienes lo leen. Acaso por eso no teme escribir para el gran público y no para el colega, vecino de cubículo, según declara: "Crees que la historia no debe ser consumida por los que la producen; la historia es como el queso de Cotija o el mezcal de la Manzanilla o el chile güero de Aguascalientes, debe circular".

Lo digamos o no, todos los que nos dedicamos a este oficio de historiar desearíamos movernos con la libertad intelectual con la que se ha movido Jean Meyer para concebir, preparar y escribir Yo, el francés. Lo cierto es que nos encantaría jugar, al tiempo que trabajamos de manera seria y concienzuda. Ingenuamente confieso que mis sentimientos frente a Yo, el francés... son, primero de entusiasmo y luego de envidia (sí, en el más estricto sentido moral, declaro que, en este caso, no me avergüenza experimentar tristeza por el bien ajeno), porque dudo mucho de que alguna vez pueda escribir algo parecido. Quizá para ello haga falta tener la inteligencia y la experiencia de Meyer, también su prestigio y su prestancia; y no estaría de más un poco de su hastío del canon profesional, y, ¿por qué no?, una beca Guggenheim, y diez meses de residencia en París, y, ya puestos a pedir, los archivos militares (o eclesiásticos, o diplomáticos reservados, o los que necesitemos) abiertos y a nuestra entera disposición y, como acicate adicional, el apremio de Tusquets para la entrega del texto y .aun así.

[ 1 ] Estrambótico personaje neoyorkino de la primera mitad siglo XX, bohemio y vagabundo, cuya empresa de vida era un magno proyecto: la "Historia oral de nuestro tiempo", que él describía como "el mayor trabajo inédito en el mundo [...] una historia informal de la multitud en mangas de camisa". Su secreto fue que nunca escribió una sola línea de dicha historia.

Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Martha Beatriz Loyo (editora), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, v. 24, 2002, p. 186-190.

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