Felipe Arturo Ávila Espinosa, Los orígenes del zapatismo, México, El Colegio de México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2001, 332 p.
Horacio Crespo
El Colegio de México
El libro que aquí reseñamos se revela como una importante aportación al renaciente interés por la temática de la Revolución Mexicana, y en particular de los estudios acerca del zapatismo, que se viene apreciando desde finales de la década pasada. Es expresión de una "cuarta generación" de estudios acerca del fenómeno de la revolución del sur -esta expresión se desprende de un reciente balance e incisiva prospectiva de los estudios zapatistas efectuada por John Womack-[ 1 ] asentada sólidamente en investigaciones realizadas sobre nuevas fuentes o en la explotación más a fondo, con preguntas renovadas, de archivos ya utilizados anteriormente, y también sobre el desarrollo de perspectivas críticas y metodológicas innovadoras que ciertamente tienen su origen en el conjunto de resultados de los trabajos realizados en los años setenta y ochenta, por la llamada "tercera generación" de los historiadores del zapatismo, de acuerdo con el autor del célebre y ya clásico Zapata y la Revolución Mexicana.
El asiento y los desarrollos previos, de los que muestra lúcida conciencia de su relación con ellos el autor de este libro, están presentes en lo referente precisamente al relevamiento, ordenamiento y presentación de fuentes hemerográficas y contenidos de archivos hasta ellos muy poco frecuentados o completamente desconocidos, en particular los de generales del movimiento suriano, fuentes fiscales, censales y catastrales, archivos de haciendas y de empresas industriales, o literalmente la construcción de nuevas memorias, las de la historia oral con los llamados "veteranos", con los directamente protagonistas de la lucha revolucionaria, o inclusive con la gente "del común", simpatizantes, testigos o aun opositores al proceso. Quizá haya sido éste uno de los esfuerzos que se han mostrado más sostenidos y fructíferos en ese terreno, una cantera inmensa de informaciones acerca de hechos, versiones, ilusiones, sueños y aun "distorsiones" riquísimas en sus potenciales derivaciones temáticas y hermenéuticas, que están a la espera de nuevos oídos y lecturas, y que seguramente serán la base de futuros trabajos provocativos y originales. Decía Womack, en el balance que mencionaba, que en el origen de su libro estaba la inquietud, confesadamente no cumplida, de efectuar un relevamiento antropológico-sociológico de la composición del ejército zapatista. A la pregunta retórica que formulaba "¿Aún no se puede?", debemos responder que sí, sobre la base precisamente de una "inmersión" en esos miles de testimonios reunidos con una paciencia, dedicación y solvencia técnica ejemplares.
Pero Ávila se muestra asimismo agudo en la reflexión valorativa acerca de la tradición de estudios a la que ya pertenece por derecho propio, por este libro así como por el precedente acerca de la Soberana Convención de Aguascalientes[ 2 ] y el que anuncia próximo sobre el interinato de León de la Barra, como así también a la densidad de planteamientos de investigadores anteriores -algunos resueltos plenamente; otros, interrogantes todavía abiertos, pistas de pesquisas no del todo consumadas- acerca de algunas cuestiones referidas a la crisis de la estructura social existente que dio lugar a la rebelión, y al entrecruzamiento complejo de motivaciones sociales, económicas, políticas e ideológicas que tejieron la coyuntura sobre la que se articuló el disparador inicial del movimiento. Un sector sugerente y muy logrado de Los orígenes del zapatismo me parece que es precisamente ese relevamiento de la masa de trabajos anteriores, con sus fortalezas y debilidades, aportaciones y puntos ciegos, acercamiento hecho con pasión intelectual a la vez que reflexivo y equilibrado, que no ahorra tampoco sugerentes apuntes acerca de las condiciones sociales y políticas que dieron lugar y alentaron sucesivamente a tal o cual perspectiva de abordaje, incluida la presencia en el escenario nacional del neozapatismo -con dispensa del neologismo- como potenciador, y, no puede ser de otra manera, de nuevas preguntas y reflexiones sobre el que ahora podemos llamar zapatismo histórico.
Debo subrayarlo: me parece muy acertada, y a la vez un aporte sustantivo a los balances de la historiografía mexicana, la visión histórica de los estudios zapatistas que nos plantea nuestro autor como la de un paulatino despegue, con idas y vueltas, de las concepciones románticas de don Jesús Sotelo Inclán (incluyo en este término romántico las visiones emparentadas con conceptualizaciones filiadas lejanamente con el populismo ruso, y más cercanamente con el "campesinismo", la idealización de la "comunidad" y la impregnación de la percepción histórica por la ideología y las propuestas de la lucha agrarista asumida, con algunos buenos pergaminos para ello y otras bastante discutibles, como la heredera legítima de la lucha de Emiliano Zapata), para dar paso a una concepción que destierra el maniqueísmo, más problemática, menos unilineal, matizada de luces y sombras y singularmente atraída por el entrecruzamiento doblemente contradictorio entre el terco arraigo local o regional -a la vez sujeto a sus propios choques y tensiones- y la creciente y demandante dimensión nacional del proceso revolucionario que va asumiendo y sufriendo el zapatismo entre 1911 y 1914-1915, por un lado, tejida a su vez sobre una resultante de la aleación entre una base de fuerte arraigo tradicional con una modernización -ya que no modernidad- que estaba crecientemente presente en los campos de Morelos desde al menos tres décadas antes de la rebelión.
Sobre este segundo nudo contradictorio, el de la dialéctica tradición/modernidad, mediada por la modernización técnica y económica de las relaciones sociales como resultado del Porfiriato, cabe preguntarnos si no quizá repose uno de los elementos más significativos de una reflexión acerca del destino final del zapatismo entre 1918 y 1920. El creciente involucramiento en una lucha política, que asume casi permanentemente la forma de armada, una específica lucha política por el poder nacional, cuyos primeros niveles, todavía defensivos, están presentes en el periodo cuyos meandros, altibajos, intrigas y conflictos abiertos tan bien nos describe Felipe Ávila a través de las sucesivas confrontaciones con el gobierno federal y su ejército, el de don Porfirio primero y casi inmediatamente, sin solución de continuidad, con el maderismo durante el interinato, implicó el reforzamiento de una lógica de programas y de acción, de redes de interlocutores, de tejido de aliados reales o potenciales, y de enemigos abiertos o encubiertos, una lógica, decía, de carácter moderno, cuyo despliegue ampliado por las propias necesidades del proceso creó crecientes tensiones con la lógica de carácter tradicional, expresada especialmente pero no sólo a través de la irreductible adscripción al cuerpo de demandas básicas que configuraron precisamente el núcleo duro del radicalismo que confería, como muy bien dice el autor, el fundamento mismo de la identidad del zapatismo como movimiento autónomo. El propio tramado del tejido social que constituía el soporte del movimiento y que se reflejaba en sus propios principios de organización y liderazgo, como ya veremos que nos muestra Felipe Ávila, se correspondía con ese mundo de articulaciones sociales de diversos tipos y niveles, sistema de valores, formas de percepción y sensibilidad propios de la tradicionalidad campesina del centro-sur de México. En esto, el viejo y clásico libro de Sotelo Inclán[ 3 ] sigue siendo referencia insoslayable y el homenaje que le tributa Womack a través de sus dichos -la "joya histórica" que es Raíz y razón de Zapata; ese "maestro" que "entonces tan joven, solo y perfectamente mal entendido" "hizo en su libro una brillante historia, guiado por las mejores razones del historiador, la de dudar de las verdades supuestas y convenientes, la de saber la verdad a fondo", ese Sotelo Inclán que constituyó "él solito" la primera generación de historiadores del zapatismo, afirma-[ 4 ] y también a través de la propia arquitectura del suyo, el Zapata y la Revolución Mexicana, es completamente justo.
La política, esa creación de la modernidad, implica -aún en tiempos de guerra o, mejor dicho, más que nunca en tiempos de guerra- mediación, negociación, concesiones, construcción de consensos amplios, redes de alianzas, y su ejercicio, intentado y llevado a veces con buena fortuna por el zapatismo de los años de auge de la rebelión y de figuración prominente en el gran escenario de la lucha nacional, creó tensiones y exigencias con esa base tradicional de tal magnitud que finalmente lesionó irreparablemente el anclaje social, la capacidad operativa, la proyección más general y las posibilidades -problemáticas, sin duda- de éxito concreto del movimiento suriano en una dimensión más restringida.
Ese final trágico, a partir de 1917, con un Emiliano Zapata deambulante y fuera ya de brújula, perseguido y acorralado por los federales del carrancismo, ese Emiliano Zapata que busca desesperadamente retornar desde las derrotas, avatares y desventuras del conflicto por el control del Estado nacional a los fundamentos del anclaje tradicional de los pueblos, ya diezmados y cansados de la guerra interminable, que tan vívida y emotivamente surge de las páginas de Womack, y que tan bien se evoca en la insondable grandeza, triste, sombría, de su imagen representada en la excelente portada del libro de Felipe, es el resumen desgarrado de una muy difícil, quizá imposible, articulación entre tradición y modernidad, tradición y modernidad no abstractas sino presentes concretamente en cada una de las grandes opciones que el desarrollo de la confrontación había ido proponiendo. Esta que sugiero que es una hipótesis de explicación endógena, como gusta decir el autor, que permite vincular el destino del zapatismo con el de otros grandes procesos de lucha campesina: el de Makhno contra los bolcheviques; por qué no, el de los vendeanos en la confrontación con el jacobinismo, y el de los paisanos carlistas frente al liberalismo en la España decimonónica. Como también, contrario sensu, a la experiencia china y vietnamita, con otra concepción estructurando la dinámica de esa relación. Sólo analogías hipotéticas, que quizá sean también el objeto de futuros trabajos en la senda amplia, abierta ya luminosamente por Eric Wolf, entre otros.[ 5 ]
Pero también la conflictiva resolución de esta dialéctica confiere racionalidad -más allá de epítetos y valoraciones post facto y a la acre inmediatez de una realidad devastadora y de las filias y fobias de la guerra interminable con Carranza- a la opción del movimiento, ya muerto Zapata, con Gildardo Magaña y Genovevo de la O a la cabeza. Alternativa de sobrevivencia fue la de sumarse al carro obregonista, al precio asumido por los que de inmediato devinieron agraristas de sacrificar en el ara pragmática del reparto de tierras como poder discrecional del presidente (presente ya en la Ley Agraria carrancista del 6 de enero de 1915 y en el constituyente de Querétaro) lo que constituía la esencia, debidamente subrayada por Ávila, el núcleo mismo del movimiento suriano: la autonomía de los pueblos, hoy nuevamente puesto sobre el tapete del debate nacional acerca de la relación con los pueblos indígenas en el cuerpo de la comunidad nacional.
Quizá también esta dialéctica entre modernidad y tradicionalismo contribuya a echar luz sobre otros "enigmas" del desenvolvimiento histórico del zapatismo, en particular sobre el papel conflictivo de ese "misterio", tal como lo califica Womack, que se llamó Manuel Palafox, y su relación con el caudillo.[ 6 ] O el trágico desenlace de la carrera de Otilio Montaño, las articulaciones ideológicas del Plan de Ayala, para acercarnos al momento cronológico-temático del libro comentado, o la dinámica plena de contradicciones entre locales y fuereños, entre generales e intelectuales.
Sobre el sustancioso despliegue de antecedentes que mencionamos y que dio pie a mis digresiones, el libro de Felipe Ávila se plantea responder dos cuestiones básicas: por qué fue posible la rebelión campesina en el centro-sur del país a fines del Porfiriato, y cómo se conformó ese desafío al poder central que terminó tomando cuerpo en el zapatismo. Quiere explicar los orígenes, las causas y las formas de un movimiento que inicialmente se subordinó al maderismo, pero que rápidamente se autonomizó consolidándose en una ideología y un programa propios, que superó los estrechos marcos regionales de su inicio y que, finalmente, se mostró como uno de los rasgos más originales del gran proceso revolucionario mexicano, de una influencia y persistencia notable a través de todo el siglo veinte.
Subraya el hecho de la autonomía, concepto clave para Eric Wolf en la intelección de los procesos de movilización campesina tanto en sus dimensiones económicas como sociales y políticas,[ 7 ] autonomía de las decisiones acerca de los recursos naturales, como reelaboración innovadora de una secular tradición de resistencia de las clases subalternas a su confiscación y utilización en proyectos productivos ajenos a su lógica de reproducción. Le interesa subrayar el carácter "plebeyo, popular, radical, de tipo tradicional" de su liderazgo, al que vincula con las experiencias de la Independencia y la Reforma en la región, de Morelos, Vicente Guerrero y Juan Álvarez, y también la "violencia de clase, plebeya, de masas, dirigida contra el sistema de dominación local, primero, y regional y nacional, después". A la vez, introduce en el análisis la valoración de la experiencia del movimiento en cuanto a reconocerse a sí mismo por la mirada de sus enemigos, una vasta coalición interclasista que agrupó tanto a los restos del Estado porfiriano como a los nuevos líderes maderistas, logrando en una doble y compleja operación la definición de su identidad y su radicalización por la oposición a la que se enfrentaba. En el trabajo sobre esta "maduración endógena" está uno de los principales méritos de este libro, en la medida en que se articula sobre el todo de las relaciones sociales en las que opera, comprendiendo la complejidad de las problemáticas que enfrentaban los actores de la rebelión, y alejándose -como dije- de toda perspectiva con resabios románticos, tan persistentes en la historiografía acerca del tema. Ésta es una línea constantemente asumida por Ávila. Un buen ejemplo es la reflexión acerca del carácter del liderazgo zapatista: después de tomar en consideración los atributos generalmente reconocidos a él, y encarnados real y míticamente por Emiliano Zapata, el autor sostiene.
Desde luego, ese liderazgo no estuvo compuesto únicamente de valores universales positivos. Jugaron también un papel, en la ascensión de algunos de los líderes, la habilidad, la ambición, la envidia, la falsedad y el doble juego. El zapatismo se caracterizó, al igual que otros liderazgos de los movimientos sociales que formaron parte de la Revolución Mexicana -podríamos generalizar, digo yo, los de la experiencia histórica de toda revolución-, por las constantes y agudas pugnas entre líderes rivales, que estuvieron crónica y enconadamente disputándose el dominio territorial y los puestos de mando del ejército zapatista; tales rivalidades y peleas jugaron un papel importante en la destrucción de sus posibilidades de crecimiento y consolidación como alternativa de poder nacional. [ 8 ]
El papel de los intelectuales en el zapatismo es otra línea de investigación que en Los orígenes del zapatismo se plantea con fuerza, principalmente en lo que hace a la diferencia y aun oposición entre los intelectuales "orgánicos" de los pueblos y los llegados de afuera, los provenientes de los núcleos urbanos sobre los que el zapatismo ejerció una innegable atracción. Esta línea permanece abierta y reclama mucha mayor profundización. Especialmente en la intelectualidad de los pueblos, llama profundamente la atención por ejemplo, la existencia de varios periódicos en la década de los noventa y en la primera del siglo XX en diferentes centros urbanos de Morelos, además de Cuernavaca, Tepoztlán, Jojutla, Cuautla, junto a la persistencia de variadas menciones de tertulias y núcleos de reunión, de discusión y de promoción de actividades literarias. Además, una línea que me sugirió en diversas conversaciones Valentín López González, pero nunca profundizada, es la presencia de logias masónicas que fueron fuertes reductos de pensamiento liberal y que se deben haber mostrado muy activas en las postrimerías del Porfiriato y en la construcción del leivismo como movimiento político de oposición en 1908. También menciones aisladas en el Periódico Oficial de Morelos de represión a actividades de redes magonistas en torno de la difusión de Regeneración, en particular en Jonacatepec. Todos estos elementos podrían, debidamente estudiados y puestos en conexión con actividades similares en otras zonas de zapatistas, enriquecer la trama de redes intelectuales y de activistas políticos, así como también la de afluencias plurales en la constitución del discurso zapatista. Una cuestión no menor es la presencia de una tradición "utopista" puesta de manifiesto en la cuidadosa elaboración del relato de una "edad de oro" de los pueblos campesinos, elaborada secularmente y poderoso articulador en la generalización de las demandas concretas, muy claramente perceptible en el discurso implícito del Plan de Ayala y sustento movilizador y justificador de la trama principal del relato agrarista de los veinte a los cuarenta.
Una advertencia metodológica de Felipe Ávila tiene alcances insospechados para una reelaboración a fondo del proceso que nos ocupa y que será probablemente una de las líneas de investigación que a futuro se muestren más promisorias. Debe buscarse o, mejor dicho, sobre las bases de los logros ya asentados en cuanto a la definición general del zapatismo, debe indagarse mucho más intensamente acerca de los diversos "zapatismos regionales", sus diferencias y similitudes en función de su amplitud geográfica, su composición social y la expresión particular adoptada en las zonas donde ejerció su acción e influencia. Una indagación que sobre el proceso más conocido, el centrado en la figura de Emiliano Zapata y los líderes originales de la región de ricas haciendas azucareras de Anenecuilco-Villa de Ayala, establezca las particularidades de los movimientos "periféricos": las zonas frías y boscosas del sur del Distrito Federal, las montañas del Estado de México, la región del sur poblano, las regiones cálidas de Guerrero, las alejadas fronteras oaxaqueñas y aun los desarrollados en Tlaxcala y Michoacán. Esto no solamente interesa como mera acumulación de conocimientos en cuanto a la "historia local", o "microhistoria", de la revolución en lugares más o menos marginales del centro de gravitación. Como bien plantea Felipe, las problemáticas de carácter agrario, económico, político y cultural fueron marcadamente distintas, también los sectores aliados y los rivales, las prácticas y los tempos del movimiento, con sus ascensos, reflujos e intensidades, las manifestaciones ideológicas, discursivas y los liderazgos propios, relativamente autónomos e independientes de los núcleos centrales. Así, el libro establece una tesis sumamente importante, y no, por antes sospechada, menos innovadora:
El zapatismo fue, entonces, un amplio espectro de sectores, grupos, líderes, demandas y aspiraciones, al que los líderes más connotados del zapatismo morelense lograron dar unidad mediante un complejo proceso de instancias, jerarquías, lealtades, redes de apoyo. En la cúspide del movimiento se encontraba Zapata y, más tarde, el Cuartel General, del cual descendían escalones de información y coordinación que, en ocasiones, no eran muy efectivos. Ésa era tanto su fortaleza como su debilidad. Fortaleza, en la medida en que las fuerzas sociales regionales encontraban formas de canalizar sus aspiraciones mediante prácticas militares y políticas dotadas de gran autonomía respecto del centro dirigente. Debilidad, porque generaba una dispersión de energías locales muy difíciles de concentrar y ordenar para una acción unificada, amplia, que pudiera disputar con éxito el control político nacional, al cual aspiraban los líderes e ideólogos zapatistas. Las relaciones del zapatismo morelense con estos movimientos aliados periféricos estuvieron preñadas de conflictos y tensiones. [ 9 ]
Luego, el difícil tema de la relación entre el movimiento armado y amplios sectores populares, los "pacíficos", a los que decía representar, muchas veces contradictoria o de franco enfrentamiento, al punto de organizarse movimientos de autodefensa contra las exacciones y los abusos, autónomos de los contradictores del zapatismo. Es un tema soslayado, urticante, inclusive para aquellos autores más alejados de una visión apologética, de santoral, y menos inclinados a las justificaciones ideológicas; vulnera la empatía que ha sido un rasgo predominante en las aproximaciones historiográficas al zapatismo, o que ha sido desvergonzadamente deformado por las versiones panfletarias antagónicas. En la misma línea crítica y antirromántica que se mantiene a lo largo de todo el libro, el autor señala:
Sin embargo, y aunque no sea la causa principal de su fracaso, la conducta de diversos dirigentes y soldados zapatistas que cometieron abusos, extorsiones, vejaciones, intimidaciones, que aprovecharon su condición de fuerza y autoridad para vengar agravios personales o realizaron acciones en beneficio propio limitó o enajenó el apoyo de la población que se identificaba por otras causas con ellos y le restó fuerza para desafiar con éxito a sus adversarios. [ 10 ]
Ávila plantea en la larga duración una muy felizmente resuelta combinación del conjunto de factores que operaron en el comportamiento de los pueblos campesinos respecto de la dominación de los hacendados y la acción estatal: la lucha a veces abierta, a veces soterrada, por la disponibilidad de recursos productivos, el tejido social local, sus liderazgos, las percepciones de oportunidad respecto de la debilidad de los enemigos, la muy compleja dinámica entre los factores desagregantes y los homogeneizadores de la comunidad campesina. Felipe se muestra particularmente sensible y perceptivo en relación con este difícil equilibrio entre fuerzas centrífugas y centrípetas respecto de la homogeneidad y permanencia comunalista, que en muchas ocasiones es un talón de Aquiles de los historiadores de los procesos campesinos. Pertenece a una generación de estudiosos a los que los trabajos de Florencia Mallon y John Tutino, entre otros, dieron buenos argumentos para sopesar cuidadosamente los factores, en una franca superación del romanticismo agrarista del que Sotelo Inclán -hace ya seis décadas- fue el epítome, y al que en alguna medida pagó tributo Womack. Pero también supone un elemento de corrección a algunos de los que luego seguimos en el estudio del zapatismo acentuando -a la inversa- los factores de disgregación de esa comunidad, sin percatarnos, o al menos sin justipreciar debidamente, del enorme valor simbólico y movilizador que las supervivencias y permanencias suponían.
Los nuevos acercamientos, de los que el libro que comentamos es un buen representante, introducen un reequilibrio entre el proceso objetivo de disgregación de la comunidad campesina, erosión que viene de los tiempos coloniales y se acentúa con la ampliación de la economía mercantil a lo largo del siglo XIX, y en especial luego de la desamortización, y su permanencia a nivel del imaginario social -de una persistencia tozuda y prolongadísima en el tiempo- que tendrá una fuerza insospechada por los actores de la modernización liberal y será un elemento subordinado pero a la vez decisivo en todo el proceso de la reforma agraria a partir, en el caso de Morelos, del gobierno de Obregón. No está de más subrayar dos cuestiones teóricas y metodológicas precisas en el manejo de estos problemas. La primera es la diferencia entre campesinos, en la que Eric Wolf y Pierre Vilar, desde tradiciones teóricas y disciplinarias distintas, han insistido tanto acerca de su importancia. La segunda es la multidimensionalidad -se encuentra acentuada por Henry Landsberger- para la apreciación y el tratamiento de los fenómenos campesinos, tanto en lo referido a la posesión de recursos críticos como a la participación en los "procesos de transformación" y la participación en los beneficios.
Para terminar, dos problemas vinculados con la teoría política clásica surgen de la lectura del capítulo quinto, muy novedoso, dedicado a estudiar las actitudes de la población civil ante la insurrección zapatista, desde la militancia y la adhesión, la simpatía, el rechazo o el enfrentamiento opositor franco y abierto. El primero es la aparición constante en los testimonios utilizados provenientes de manifiestos y reclamos de pueblos en particular de la región de Puebla, pero seguramente extensible al conjunto del universo zapatista -recuerdo, por ejemplo, los manifiestos en náhuatl de pueblos del sur del Distrito Federal- del célebre "derecho a la rebelión" contra un gobierno tiránico, en el que se entrelazan la añeja perspectiva jusnaturalista -exacerbada, inclusive hasta la justificación del tiranicidio del padre Mariana, por la reescritura hecha por los célebres neotomistas de la Compañía de Jesús- con la concepción moderna enraizada en Locke. Para los historiadores de las ideas es éste todo un desafío, el de averiguar y describir de qué manera las concepciones de la elite atraviesan múltiples mediaciones y reelaboraciones efectuadas en el mundo de las clases subalternas para alentar escritos, proclamas y justificaciones de la acción revolucionaria, para articular en un discurso sostenible las reivindicaciones programáticas de un movimiento popular. Son ramificaciones, rizomas, construcciones lógicas que implican un desafío hermenéutico, reformulaciones de sentido en el mundo tradicional campesino y popular cuya sensibilidad y racionalidad propias desafían los procedimientos aceptados acríticamente como "correctos" y cuya metodología, conceptualización y descripción empírica necesitará seguramente de que se aguce el imaginario historiográfico y se recurra a las aportaciones de las ciencias del lenguaje, la semiótica, y a los estudios de las creaciones culturales -la narrativa o la épica de los corridos, particularmente- de la subalternidad. Esta historia intelectual está en buena medida por hacerse, y agreguemos que no sólo para el zapatismo. Es el tipo de historia cuyos trazos gruesos están en la investigación iluminadora y por muchas razones, obvias y muy visibles y otras que no lo son tanto, de un gran heroísmo intelectual, que trazara Gramsci respecto del Risorgimento italiano en sus Cuadernos de la cárcel. Es la historia encarnada en las sucesivas generaciones de "intelectuales orgánicos" de los pueblos, cuya figura emblemática final es en el zapatismo la de Otilio Montaño.
La segunda cuestión es la tan problemática y debatida "voluntad general" roussoniana. La descripción empírica de las dificultades del zapatismo con la población, en sus diversos rangos y matices, nos reenvía a esa clásica proposición: ¿qué ocurre cuando los representantes de la "voluntad general", la encarnación de las demandas históricas de determinado sector encuentran resistencia en sus representados, o en quienes dicen representar?, ¿cuál es la legitimidad de su posición, más allá de los resultados y procesos empíricos? Este dilema clásico de toda revolución, de todo proceso social de transformación, se presenta con mucha fuerza en determinados momentos del desarrollo del movimiento zapatista, y no es poca virtud del autor reseñado el habérnoslo mostrado con fuerza y convicción. Su resolución la seguirán practicando los hombres en esta historia nuestra, y en la que siga, felizmente no finalizada.
[ 1 ] John Womack Jr., "Los estudios del zapatismo: lo que se ha hecho y lo que hay que hacer", en Laura Espejel López (coord.), Estudios sobre el zapatismo, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2000 (Colección Biblioteca del inah, Serie Historia), p. 23-30.
[ 2 ] Felipe Arturo Ávila Espinosa, El pensamiento económico, político y social de la Convención de Aguascalientes, México, Instituto Cultural de Aguascalientes-Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1991, 234 p.
[ 3 ] Jesús Sotelo Inclán, Raíz y razón de Zapata, México, Etnos, 1943; 2a. versión revisada y ampliada, México, Comisión Federal de Electricidad, 1970.
[ 4 ] John Womack Jr., "Los estudios del zapatismo: lo que se ha hecho y lo que hay que hacer", en Laura Espejel López (coord.), Estudios sobre el zapatismo, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2000 (Colección Biblioteca del inah, Serie Historia), p. 24.
[ 5 ] Eric R. Wolf, Las luchas campesinas del siglo XX, 7a. ed., México, Siglo Veintiuno Editores, 1982.
[ 6 ] John Womack Jr., "Los estudios del zapatismo: lo que se ha hecho y lo que hay que hacer", en Laura Espejel López (coord.), Estudios sobre el zapatismo, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2000 (Colección Biblioteca del inah, Serie Historia), p. 27.
[ 7 ] Eric R. Wolf, Las luchas campesinas del siglo XX, 7a. ed., México, Siglo Veintiuno Editores, 1982, y también del mismo autor, Los campesinos, Barcelona, Labor, 1978, passim.
[ 8 ] Felipe Arturo Ávila Espinosa, Los orígenes del zapatismo, México, El Colegio de México-Universidad Nacional Autónoma de México, 2001, p. 26.
[ 9 ] Felipe Arturo Ávila Espinosa, Los orígenes del zapatismo, México, El Colegio de México-Universidad Nacional Autónoma de México, 2001, p. 14-15.
[ 10 ] Felipe Arturo Ávila Espinosa, Los orígenes del zapatismo, México, El Colegio de México-Universidad Nacional Autónoma de México, 2001, p. 33.
Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Martha Beatriz Loyo (editora), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, v. 24, 2002, p. 190-202.
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